Hoy os cuento una historia:

«Érase aquella vez cuando retomamos el control en Atalandiya tras miles de años perdidos en el mar. El mar aquel en el que convivíamos entre trombas, maremotos, marejadas, tempestades y calma, mucha calma que nos permitía recuperarnos, alguna vez que otra, del cansancio físico y del agotamiento mental tras la lucha por mantener el barco a flote porque nadie nos había enseñado a manejar el barco.

Y aquel día, tras muchísimo esfuerzo puesto en ir hacia una dirección concreta, vislumbramos a lo lejos algo diferente. Y nos sorprendimos ante lo desconocido, nos alegramos de ver algo diferente y nos dio miedo aquella visión. Quisimos cambiar el rumbo, pero no pudimos porque el viento era tan fuerte que no impidió virar el barco, y poco a poco llegamos a la nueva orilla.

atalandiya«Atalandiya. Bienvenido al destino elegido por ti, aquí nadie llega por casualidad, llega por voluntad propia».
Empezamos a descubrir la nueva tierra, y allí retomamos el control. No tuvimos que hacer frente a trombas, maremotos, marejadas y tempestades de mar, pero tuvimos que conocer la nueva ruta y aprendimos a vivir entre tormentas, viento, calor, frío… Y lo más importante, tuvimos que aprender a cuidar la tierra, a limpiarla, a alimentarla, a sembrarla… y la tierra nos lo agradeció, nos llenó de abundancia, nos dio aun más de lo que le habíamos dado… y nos dio tanto que tuvimos de sobra porque jamás dejamos de cuidarla».