Cuando pasabas por allí, nadie se hacía eco de tu existencia. Tenías un alto grado de invisibilidad y de imbecilidad, que te habías autoimpuesto para desaparecer ante los ojos de los eternos «jueces de la nada».

Parecía que nada te importaba de aquel lugar, de aquella gente y siempre volvías la mirada hacia otro lugar que no sabías cuál era, ni si lo había, pero tu esperanza era como aquel brillo labial de tu color preferido que parecía convencerte de que existía, y que lo veías cada vez que pasabas por la droguería destartalada y llena de grietas situada en la planta baja de la casa tenebrosa de la esquina.

No entendías qué hacía allí ese brillo labial, enmedio de tanta oscuridad, de tanta desidia y de tanta hostilidad, pero estaba. Y fue lo que te hizo empezar a vibrar por dentro cada vez que lo mirabas e imaginabas el brillo que podría dar a tantos labios opacos, agrietados y capaz también de atenuar muchos rictus disimulando un mínimo la amargura.

Tras pasar la droguería volvías a tu invisibilidad absoluta ante las tinieblas oscuras y malolientes donde no veías absolutamente nada y el olor a mugre te emborrachaba.

En el frío húmedo de tu casa, sentías el calor de hogar y allí imaginabas un mundo diferente lleno de infinitos brillos labiales que transformaban los rostros y alegraban la vida. Entonces, tu mundo se llenaba de color y dabas paso a tu propia alegría hasta sentirla dentro y fuera de ti. Te transformabas, transformabas tu alrededor, te hacías visible en un espacio de 3×2 y así, poco a poco, sentías que podías cambiar tu propio mundo.

Y decidiste ir a comprarte un brillo labial. No te compraste dulces con tu paga semanal durante un mes, y aquel día fuiste, saliendo de tu invisibilidad, decidida a comprártelo diciendo a los eternos «jueces de la nada» que lo ibas a regalar a alguien querido. Y saliste de allí riendo sin parar con tu preciado tesoro que daría brillo a tus labios y a tu vida.

Aquel día decidiste que dibujarías tu mundo a tu manera. Sabías que los jueces serían eternos, pero eran «jueces de la nada». Quedaba un gran trabajo por delante, pero seguirías con tu estrategia de hacerte invisible ante la mediocridad existente en las tinieblas malditas.

Supiste empezar a transformar tu vida poniendo color y belleza en tu exterior que no es más que una extensión de la interior o viceversa, y ¡qué más da!, lo que importa es lo que creas: dar a tu vida el color que te permita salir de las tinieblas.