A menudo olvidamos que somos más que el cuerpo que habitamos y más de lo que vemos con nuestros ojos. Y eso nos lleva al límite de lo imposible. Curiosamente vemos lo que queremos ver: una realidad limitada y subjetiva ajustada a nuestros cánones. Unas reglas bien aprendidas sin cuestionar.

Es un hábito bien consolidado en esta sociedad, la visión sesgada de un ego malsano que nos ha convertido en grandes maestros del olvido. Queremos ser lo poco que vemos y nos identificamos con ello. Y ese poco, que se compone más de mentira que de verdad, es el capitán de nuestras vidas. Le cedimos el mando y, en vez de luchar por lo que nos pertenece, vivimos con una actitud inconformista desde la comodidad inactiva esperando nos salven la vida. Niños con pataletas vestidos de adultos.
Si nos parásemos unos instantes para ver, nos sorprenderíamos de todo lo que hay por descubrir dentro y fuera de nosotros mismos, del gran trabajo que hay por hacer y de que le debemos un gran respeto a nuestro cuerpo porque en él habita nuestra alma, que es el motor de nuestra existencia.

Cuando practiquemos ese respeto desde una nueva perspectiva más amplia, recordaremos lo mucho que se nos ha dado y tendremos la posibilidad de recuperar el mando perdido para vivir de verdad. Podremos utilizar esa riqueza en favor de nosotros mismos y a favor del mundo practicando el respeto mutuo que producirá un espacio de bienestar y beneficio común para todos.

Entonces, habrán menos actitudes negativas y menos enfermedades; y más actitudes positivas, más salud, más talento invertido, menos gastos y más beneficios.

 

Imagen via| http://www.muyinteresante.es/naturaleza/articulo/el-imperio-de-las-hormigas © H.&H.-J. Koch/animal-affairs.com